Fiebre petrolera Vs. ecología

Foto: Blog Ecologista

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=Por Jesús González Schmal=

Un reciente artículo de Víctor Lichtinger titulado interrogativamente: ¿Crecimiento o desastre?, debería considerarse, fuera de toda alineación ideológica, el cuestionamiento vital, prioritario e imprescindible, de cualquier decisión de la autoridad política. La misma pregunta replanteada, se podría formular con una afirmativa irrefutable: cualquier oferta o promesa de crecimiento, con base en la explotación petrolera y la extracción de gas no convencional mediante la tecnología del fracking (fracturación hidráulica), constituye una burda mentira, un vulgar engaño, o, en el mejor de los casos, supina ignorancia de lo que verdaderamente significa crecimiento y no retroceso, cuando se conoce el costo de insustentabilidad de nuestro capital ambiental, para privar de él a las nuevas generaciones.

Lichtinger sin duda, uno de nuestros más calificados expertos en la materia ecológica, que no pudo mantener Fox en la Secretaría del Medio Ambiente, porque hubiera cancelado todos los favores con los que el guanajuatense premió a sus amigos, con cargo a concesiones mineras, macro-confinamientos de desechos tóxicos sin tratamiento, playas contaminadas, aguas negras sin control, etc; puso al país en alerta ante el espejismo de que la fiebre petrolera y el gas shale, que se dice pueden  hacer crecer la economía cuando contrariamente, en las condiciones actuales, ello podría ser poco más que una catástrofe sino se tienen claros, ni se previenen, los efectos depredadores y de devastación ecológica.

México tiene actualmente 120 millones de habitantes (más alrededor de 20 en los E.E.U.U, de los cuales la mitad son susceptibles de repatriación). El próximo año deberemos aumentar 2,243.352 nacimientos y restar  682 mil 300 muertes. Nadie niega que ante éste escenario no sea inminente la necesidad de pensar y actuar en términos de extremada urgencia para crear condiciones mínimas de vida, servicios, empleos, salud, etc, para todo el rezago actual y el exponencial que se viene acumulando.

¡Sí!. No hay duda que la ilusión de que la avalancha de inversionistas que atraiga la privatización de la industria petrolera sea una opción de corto plazo, antes de que la naturaleza cobre la factura con la pauperización y contaminación irrespirable. Aunque lo que no se presta a duda es el que eventualmente no resulte atractivo a los capitalistas de riesgo, que puedan prever saldos rojos ante la migración energética en ciernes. Es ahí, que debe reconocerse lo que ese potencial de inversión representa en el balance nacional a mediano plazo, ya que será patente la tendencia inevitable a utilidades a mayor velocidad, para lo que exigirán  relajar las normas y medidas ecológicas del alto costo, para facilitar la explotación indiscriminada de nuestros recursos energéticos.

Bastaría con revisar lo que ha ocurrido en la privatización minera a raíz de que Carlos Salinas la concesionó porque para el Estado, a la luz de las corrientes neoliberales en boga, no sé justificaba retenerla cómo una área prioritaria de control y de pivote económico. El desastre ecológico ha sido evidente. Se generaron inimaginables fortunas en la explotación, pero más cuantiosos han sido los inconmensurables daños ecológicos para la nación. La explotación de tajo a cielo abierto (ver Minera San Xavier en S.L.P. como ejemplo), los exiguos salarios y los altísimos riesgos de pérdidas de vidas, en la extracción de minerales (recordar a Pasta de Conchos, con 63 víctimas, todavía en el fondo de la mina de carbón), han sido los pasivos insuperables que han heredado los mexicanos de hoy y del mañana.

No se trata de oponerse incluso por razones válidas como la pérdida de la Soberanía Nacional, vulnerada con las concesiones mineras a favor de empresas canadienses, como serán  las norteamericanas y españolas en el petróleo y el gas sino, de simple balance de sobrevivencia ecológica, con cualesquiera que sean los colores de quienes apuestan por alentar y disparar la producción energética, como tabla de salvación a la debacle económica del país.
La salida no puede estar en creer en el dogma del crecimiento, sin restar el cargo al capital natural de la nación que es finito y se encuentra tan saqueado y deteriorado, que no hemos contabilizado lo que el precario crecimiento económico a la fecha, ha costado con el agotamiento de recursos irrecuperables o no renovables, que pertenecerían a las  nuevas generaciones. No se puede seguir esa tendencia suicida. El mínimo de patriotismo y hasta de instinto de sobrevivencia exige rectificar y reconducir la economía hacia el mercado interno, la justa distribución del ingreso y  la honradez, congruencia y visión ética de la función pública.

El informe presentado en Berlín el pasado 13 de abril por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU consignan que el 78 por ciento de las emisiones que inciden en el calentamiento global, procedieron del uso de combustibles fósiles. Concluyen que la única manera de evitar el incremento múltiple de la temperatura global para que no suba más de dos grados centígrados para el año 2050 no puede ser sino reduciendo en un 70 por ciento las emisiones actuales, cuadruplicando el uso de fuentes energéticas limpias. De lo contrario antes del 2100 habrá un rápido aumento en los niveles del mar, una dificultad cada vez mayor para cultivar alimentos, una deforestación masiva y la extinción de muchas especies. Este pronóstico ha sido criminalmente ocultado para lanzarnos a la explotación irracional de hidrocarburos.


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