La construcción del México mestizo

Pintura de Miguel Cabrera

Pintura de Miguel Cabrera

=Por Jesús González Schmal=

Desde el año 1574 arribaron a la Nueva España la primera veintena de misioneros jesuitas que cruzaron el Atlántico para trasladar a América la vocación de la compañía fundada por Ignacio de Loyola. Se trataba de emprender la obra civilizadora a partir de una concepción moderna de la libertad cristiana. Inspirados sin duda en las tesis de Francisco Suárez y los teólogos juristas españoles que demuelen el fraude dogmático del “derecho divino de los reyes”, para revolucionar el concepto del poder, supeditado al derecho de gentes. Sustento de lo que sería posteriormente el de soberanía popular y proyección del principio de igualdad y paternidad común, consagrado en el Evangelio. Los jesuitas se enfrentaron a no pocos obstáculos para instaurar el principio del mestizaje racial y espiritual con los pueblos autóctonos.

La particularidad de ésta misión, a diferencia de otras anteriores y posteriores de la misma Iglesia, era la de que evangelizar no significaba imponer, sino trasmitir para la aceptación libre y consciente de la riqueza de la convivialidad con el intercambio cultural para la realización a plenitud, del más elevado sentido del ser humano. El reconocimiento de la dignidad y derechos originales del indígena, fue presupuesto fundamental para el despliegue de los mejores esfuerzos para la edificación de una nueva nación de las dos vertientes americana y europea.

Los jesuitas fueron ante todo civilizadores, es decir su propósito era crear cultura que, al final de cuentas es el medio para ejercer la libertad hacía la posibilidad de generar condiciones para una vida de realización personal y social sustentada en los valores de la persona en su monodualismo natural. Espíritu y materia; individuo y sociedad, son las dos esferas inseparables de la existencia. Son complementarias e imprescindibles. La cultura se materializó también en universidades, imprentas, obras hidráulicas, infraestructura agrícola, ganadería, industria y todo cuanto fuera medio humano participativo hacía una finalidad también compartida.

Como tantas calamidades en la historia de los pueblos, también ocurrió en nuestra patria. Hacía 1767 la colusión de Felipe III rey de España y Clemente IV papa de la Iglesia católica, con la contribución desde la Nueva España del obispo de Puebla Juan de Palafox y Mendoza, fraguaron y ejecutaron la expulsión de los jesuitas del todo el continente americano. Fueron desmanteladas las prodigiosas misiones que abrían horizontes de desarrollo a los pueblos y de crecimiento a la identidad nacional del mestizaje que se iba conformando.

Es incuestionable que la salida de los jesuitas de las misiones del norte de México, Sinaloa, Sonora, La Alta California, Arizona, así como las de Coahuila, Texas, Nuevo México, Chihuahua etc, fueron el precedente ominoso por el que posteriormente perdimos la mitad del territorio nacional. Haber dejado abandonados a todos esos mexicanos que estaban el proceso de integración de la nueva civilización mestiza (que inducía el principio de responsabilidad nacionalista), a expensas de la influencia anglosajona expansionista y proesclavista (que sostenía la discriminación como derecho de conquista) fue decisiva para la mutilación territorial sufrida.

Es cierto,

los jesuitas volvieron, hacía 1843, después de la restauración de la Orden en 1814, cuando ya no fue posible remontar plenamente el vació de la energía de la comunión de la libertad con la fe. Se había desplomado la confianza con la identidad nacional mestiza. Ya no fue posible impedir el desenlace de 1847-48. México resintió la pérdida de brújula incluso en el ejercicio del poder político y, de éste, en relación con la responsabilidad en la defensa del territorio y la del futuro comunitario de la nación. Los valores de la libertad frente “al regalismo” de la colonia que se reeditaba después de la independencia, fue determinante para la entrega traumática de la mitad de la patria.
La segunda etapa jesuita en el México recién emancipado ya fue más accidentada. Se recuperaron baluartes culturales y algunos vestigios arquitectónicos de la dimensión e importancia de Tepozotlán que, sin embargo, se conserva como el testimonio y síntesis de una labor educadora y forjadora del mestizaje que tuvo lugar en ese sitio hoy reconocido como el Museo Nacional del Virreinato, donde tuvo lugar la conmemoración del Bicentenario de la Restauración de la Compañía de Jesús en México el pasado domingo 11 de mayo.
Una de las crisis más sensibles de los jesuitas se dio con su auto- evaluación respecto de la educación que impartían en la segunda mitad del siglo XX. La respuesta fue el cierre de algunas escuelas que no proseguían la línea loyolista y sí en cambio, estimulaban cierto elitismo que estaba respaldando la prolongación de un sistema de gobierno pragmático, ausente de referentes éticos y con franca proclividad a la corrupción crónica. La Universidad Iberoamericana mantiene el proceso de auto-critica que le ha permitido rectificaciones sensibles.
Apenas hace dos años surgió en el recinto de la universidad jesuita una respuesta congruente con su propio lema “la verdad nos hará libres”, cuando irrumpe espontáneamente el movimiento “yo soy #132”. No se alineó con siglas partidistas, se proyectó como la demanda indeclinable al derecho a la información como presupuesto imprescindible hacia un ejercicio democrático libre y verdadero. Repudió la condena represiva que se hizo a los alumnos que en su propio auditorio, se pretendía someterlos al silencio y el control de los guaruras de la campaña peñanietista. Testimonio inequívoco del espíritu jesuita que está renaciendo.

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